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Pequeño relato de la experiencia en carne viva de una mujer maltratada, su vivencia es muy personal y relatarla aún más. El fin de la misma es crear conciencia sobre este tema, tan de actualidad por desgracia en la sociedad actual. Isabel es una mujer menuda pero fuerte, de ojos grandes y expresivos, pero llenos de soledad. Vive en un barrio acomodado, pero su casa es una jaula donde impera la violencia y el miedo. Es su segundo matrimonio, del primero le quedó un hijo y malos recuerdos. Pensaba que ahora tendría más suerte, el hombre con el que se había casado tenía una buena posición económica, y estaba muy pendiente de ella, pero al poco tiempo mostró su verdadera personalidad desquiciada y cruel.
Raro era el día que no le pegaba por cualquier nimiedad, sin importarle que estuvieran los niños delante. Para él no era nada solo un objeto en el que descargaba sus frustraciones.
Ella lo había intentado todo, buscar ayuda en su familia, pero sus padres solo le ofrecían buenas palabras y resignación. Una vez se armó de valor y lo denunció a la policía, pero sufrió tal presión que retiró la denuncia.
Recordaba muchas veces su vida anterior, cuando vivía con sus padres. Tenía un buen trabajo, estaba muy preparada y soñaba con un futuro feliz, pero a veces nosotros no decidimos nuestro destino y este se muestra muy cruel. Lo único que la mantenía con fuerzas eran sus hijos, objeto también de la violencia paterna, cada vez que la emprendía con ellos, se revolvía como una fiera, tratando de protegerlos. Los golpes lo recibía ella, mientras los niños corrían por la casa presos del pánico, huyendo del “padre”.
Todos sus vecinos conocían la situación en la que vivían, pero un muro de silencio les rodeaba y los aislaba más, era “su” problema. En muchas ocasiones salió al pasillo gritando, pidiendo ayuda, cuando no podía soportar más los golpes y las vejaciones. El la arrastraba hacia dentro. Fuera quedaba la indiferencia cobarde y cómplice.
Esta situación se prolongó durante trece años, ella ya no se sentía persona era un juguete roto en manos de él. Cualquier intento por parte de ella por acabar con este estado de terror era inmediatamente anulado por él con más dosis de violencia, pero aprovechando un viaje de negocios que hace él al extranjero, se pone en contacto con una asociación de mujeres maltratadas.
Le ofrecen salir de la casa y refugiarse en un piso. Ella se arma de valor, coge lo imprescindible y con sus dos hijos de la mano decide empezar de nuevo lejos de allí.
Sabe lo arriesgado de su decisión, pero está en juego su vida y la de sus hijos. Pero ya nada importa, sólo salir de ese estado de miedo cotidiano. Está harta de morderse la lengua, de no ser nada. Sólo quiere vivir.
Han pasado tres años desde que tomó esa decisión, vive en otra ciudad, con otra identidad, él ya no está, pero la huella de dolor que le ha dejado a los tres es demasiado profunda.
Les queda mucho camino que recorrer, reconstruir sus maltrechas vidas, recuperar la esperanza y la ilusión por un futuro que les estaba siendo negado.
Dice Isabel que la montaña del miedo siempre es difícil de escalar, sobre todo os primeros pasos, pero una vez empiezas todo es más fácil, y no hace falta llegar a la cima, porque la felicidad se va encontrando por el camino. Tropiezas, pero tienes que tener fuerzas para levantarte. Cada día es una nueva oportunidad para respirar, aprender de los errores y darte cuenta de que sigues “vivo”.
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